El informe vuelve a insistir (como ya lo hizo en 2016) en la necesidad de que los responsables y directivos se adapten a los nuevos cambios sociales y tecnológicos a través del diseño de nuevas organizaciones, del liderazgo o de la cultura organizativa y de como esta adaptación ni está ni se la espera lo que está provocando que tengamos empleados cada vez más sobrecargados (fundamentalmente por tareas menores muchas veces interpretadas como urgentes por sus superiores) con la sensación de estar dirigidos por jefes cada vez más incompetentes.
Y si esto es en general, el problema es mucho más acuciante en las empresas públicas.
Posiblemente el problema sea, como señala el propio informe de Deloitte, la falta de adaptación de los directivos a la irrupción de las nuevas (ya no tan nuevas) tecnologías pero sobre todo, su falta de capacitación en un nuevo entorno más cambiante y exigente.
Aunque es posible que el problema también estribe en la falta de preparación (en términos de nuevas competencias digitales) de muchos de estos directivos al llegar al cargo o en la falta de un proyecto inclusivo y atrayente (basado en nuevos conceptos como el Design Thinking o la Analítica aplicada a la gente) para los miembros de sus equipos.
Obviamente, del liderazgo disruptivo o de la gestión del desempeño ni hablamos.
Aunque no creo que hayamos llegado al penoso escenario de este famoso post "el triunfo de los mediocres", lo que está claro es que ésto no va del todo bien y no es infrecuente encontrarse con responsables y directivos en los que encontrar alguno (si no todos) de los famosos 10 hábitos de los gerentes incompetentes de Margaret Heffenan.
Al final, lo que termina pasando es que, como cuenta tan bien el maestro Manyez en una de sus últimas entradas, la gente se termina desenganchando e incluso termina desconfiando de forma manifiesta por mucha motivación intrínseca que traigan de casa.
Y es que, muchas veces, dios le da pan a quien no tiene dientes.
Posiblemente todos conocemos la expresión “alea iacta est”, aunque es probable que no demasiados sepan en qué momento fué dicha por Julio César.
Si le preguntamos a cualquiera, nos podrá decir con más o menos acierto quién fué y qué significó Julio César en el desarrollo de lo que terminó siendo el imperio romano. Pero lo que muchos no sabrán es que Julio César no lo tuvo precisamente fácil.
Era de una familia patricia pero ni adinerada ni influyente, no tenía títulos aunque sí supo rodearse y apoyarse en gente influyente. No rehusó ninguna de las responsabilidades que se le fueron ofreciendo (estuvo a punto de morir por alguna de ellas) y tuvo que pelear mucho (literalmente así lo hizo hasta controlar toda la Galia) hasta convertirse en quién fué.
Volviendo a la frase, fue dicha por Julio César justo antes de atravesar el Rubicón, un pequeño río que separaba a Italia de la Galia Cisalpina y que suponía la verdadera frontera norte de Roma ya que el Senado romano, para impedir el paso de tropas procedentes del Norte, declaró sacrilego y parricida a aquel que con una legión o con sólo una cohorte lo pasara.
Julio César dijo aquella frase cuando decidió vadear el Rubicón siendo consciente de que aquello suponía iniciar una Guerra Civil. Tomó una decisión con duras consecuencias para la que no había marcha atrás.
La historia demostró que la decisión de Julio César fue determinante para el futuro de Roma y de él mismo. Entró en Roma sin luchar y sin derramamiento de sangre, jaleado y vitoreado por un pueblo harto de un indolente senado.
Muchos os preguntareis ¿Por qué hablan estos “chalaos” de Julio César en esta sección del FanZine?
Porque tenemos la sensación de que, de alguna manera, la enfermería española está en un momento parecido al de la tardorepublica romana en la que creció Julio Cesar.
Nos creemos más de lo que realmente somos.
Llevamos años, cientos de publicaciones y entradas de blog analizando cuáles son los problemas de la enfermería española, cuáles son nuestros límites y que deberíamos hacer (o haber hecho) para ser la profesión que creemos que somos, pero llevamos los mismos años sin salir del análisis.
Aunque la mayoría de las enfermeras piensan que nuestros problemas más importantes están en nuestras Galias, Hispanias o Lusitanias particulares (que los hay sin duda), nuestros principales problemas para seguir creciendo están en la capital y en cómo nos organizamos como colectivo.
Como en esa época romana, tenemos un senado que no nos representa pero que sigue ostentando el poder de facto. Una masa profesional acomodada, aborregada y aletargada ávida de reconocimiento público pero poco dispuesta a arriesgarse a asumir las responsabilidades que lo conseguirían de una forma más directa (casi siempre pensando en que sean otros los que lo hagan y asuman el riesgo). Un cuerpo profesional que sabe que hay mundo más allá de nuestras actuales fronteras (muchas autoimpuestas) profesionales pero que no tiene ni el coraje ni la energía suficientes para atravesarlas y para explorar fuera de nuestras propias zonas de confort.
La prueba más palpable ha sido lo vivido estos días con la tramitación de la Proposición No de Ley que pretendía derogar el famoso Real Decreto 954/2015. Lo que empezó siendo un movimiento esperanzador, una propuesta que buscaba hacer un frente común, de consenso y que pretendía acabar con el desastre que empezó con la Ley del Medicamento y que tuvo su punto culminante el diciembre pasado con la publicación en el BOE de este real decreto (ciertamente Juan H. Yañez lo explica mejor en esta entrada), terminó siendo un nuevo enfrentamiento entre las fuerzas políticas, esta vez incluso representadas alguna enfermera, que han terminado tirándose los trastos y echándose mutuamente las culpas más preocupadas por sacar rédito político que por solucionar el problema.
Un puro esperpento que viene a demostrar lo lejos que estamos de ser esa profesión que estamos convencidos que somos o que puede que nunca lleguemos a ser.
Así que quizás lo que le haga falta a la enfermería española es una enfermera loca y descerebrada que sea capaz de sacarnos del letargo y de la apatía generalizada. Una especie de Julio César con capacidad de liderarnos a todos. Alguien capaz de hacernos atravesar nuestros propios rubicones.
Post publicado en el número de marzo de la revista “Nuestra Enfermería FanZine”
Estos días leíamos este excelente post del amigo Mañez en el que comentaba cuánto de política y de presión ciudadana tienen las decisiones de inversión sanitaria y que poco de evidencia científica. Casi a la vez que manteniamos una interesante conversación en Twitter con Javier Padilla en torno a este tuit, el gran Sergio Minué publicaba otro post, de lectura obligada, sobre el mismo tema.
¿Pueden las demandas sociales en temas de salud coincidir con lo que dice "la evidencia"? Sí, pero no será ese su vector principal.
Aunque no vamos a llegar al nivel de las entradas de estos dos maestros, nos hemos propuesto contar una historia... Érase una vez un viejo hospital comarcal que está a solo 25 kilómetros de otro. Que como tiene más de 45 años, en el año 2004 se prometió la construcción de uno nuevo. En el año 2005 se proyectó el nuevo, se se puso la primera piedra en 2009, se construyó hasta 2015 (con un patrón en la obra de 2 años) y se entregó finalmente en el verano de 2016. Los 11 años que hay entre el proyecto inicial y la entrega ha hecho que el edificio no sea exactamente lo que esperábamos. Pero el flamante nuevo hospital de La Línea es un edificio muy bien construido, muy bien estructurado y con muchísimas posibilidades. Pero ahora que estamos yendo a visitarlo para ir preparándonos para el traslado, nos hemos dado cuenta de que no tiene UCI (siendo honestos nos dimos cuenta cuando vimos los planos).
La cuestión es ¿pero hace falta la UCI?
Cuándo decimos esto nos referimos a si de verdad hace falta un espacio físico independiente, separado del resto, con despachos independientes, almacenes independientes y gran cartel en la puerta que ponga "Unidad de Cuidados Intensivos".
La respuesta de cualquiera sería "Pues claro. Cómo no va a haber UCI?" El hospital eso no lo tiene, pero tiene una zona llamada "polivalente" muy bien equipada con más de 30 puestos y que podría atender perfectamente a los pacientes que tradicionalmente atiende una UCI (lo que se llama "la cartera de servicios" de la UCI).
Por eso nosotros nos pusimos a indagar, a preguntar a amigos, a expertos, a intensivistas porque nos parecía raro que el proyectista hubiera olvidado construir la UCI.
Nos sorprendimos cuando Miguel Garvi nos contó que en Extremadura solo 4 hospitales (de 11) tiene una UCI como tal y funcionan con Unidades de Cuidados Intermedios y traslados en UCI Móvil aunque esta no sea una muy buena opción.
Nos sorprendimos al saber que algunos de los nuevos hospitales de Cataluña, como el de Trueta, también tienen una Unidad Polivalente como la nuestra a la que llaman Unidad de Alta Intensidad de Cuidados.
Nos sorprendimos al saber que el Complejo Universitario de Navarra tiene una zona, que si llaman UCI, que es exactamente igual, por las fotos, que nuestra Unidad Polivalente.
Y, sobre todo, nos sorprendimos al leer que los propios intensivistas, en este documento de consenso del Grupo de Trabajo de Mejora de la Calidad de la Sociedad Europea de Cuidados Intensivos, describen la posibilidad de que exista un espacio mixto y compartido para pacientes postquirúrgicos y con necesidades de cuidados intensivos al que también llaman de Alta Intensidad de Cuidados.
Y aquí es donde nos preguntamos de nuevo ¿Hay que construir una UCI? ¿Nos tenemos que gastar un pastizal del erario público en hacer una UCI (el hospital ha costado más de 50 M de euros)? ¿Podriamos utilizar el coste de hacerla de cero (o rehacerla demoliendo algún espacio en un hospital sin estrenar) para hacer otras cosas que el nuevo hospital tampoco tiene y que seguro nos harán falta para atender a la población en los próximos años (tendiendo en cuenta la cronicidad y las tendencias sociodemográficas) o incluso para hacer un nuevo centro de atención primaria?
Si la respuesta dependiera de nosotros, lo tendríamos claro. Elegiríamos la segunda opción sabiendo que ello implicaría hacer un gran trabajo de explicación y de trasparencia. De hablar con la población, con los representantes políticos y sindicales. De explicárselo muy bien a los profesionales. Obviamente no existiría una UCI como tal, pero los pacientes serían atendidos de la mejor manera posible.
Pero afortunadamente la respuesta no depende de nosotros... así que no sabemos si los que tienen que decidir utilizarán la evidencia o no. Ya os contaremos como acaba la historia de este juguete roto. Mientras podeis decirnos que haríais vosotros si tuvierais la capacidad de decidir.
Los que llevamos unos años con un blog o con presencia en redes sociales sabemos de sobra que desde algunos despachos se nos lee, en muchos casos con curiosidad pero en en la mayoría de los casos desde el temor y el miedo a que se puedan decir cosas incomodas.
De entrada no tiene más trascendencia. Como dice habitualmente Serafín, nos leen más de lo que creemos pero influimos menos de lo que pensamos.
En el fondo no es mas que la señal inequívoca de que muchos aún no han entendido, como ya dijimos en esta entrada de agosto de 2015, que la revolución digital que estamos viviendo consiste precisamente en que cada persona tiene a su disposición un enorme altavoz donde expresar sus inquietudes, sus quejas o, simplemente, sus pensamientos en voz alta.
Obviamente, muchos de esos pensamientos en voz alta no gustan a todos los lectores y, por eso, no es raro que en alguna ocasión algunos hayamos recibido algún sutil toque de atención o alguna amenaza velada. Habitualmente no van más allá porque es imposible ponerle puertas al campo. Muchos recordamos aquella vez en la que le tocó a Iñaki González y, después de 5 años de aquello, Iñaki es un referente y el personaje que lo amenazo sigue siendo eso, un personaje.
Sin embargo, lo que le ha pasado a Mónica Lalanda pasa de castaño a oscuro. Que por publicar una entrada en su blog diciendo que, libremente, dejaba su contrato de trabajo porque las condiciones no eran las mejores, alguien se haya sentido agraviado, simplemente tiene cojones.
Podríamos decir que algo parecido le pasó también a Juan H. Yañez aunque con muchos más matices porque, de entrada, aunque su querella es también muy grave, en principio nadie le puede cercenar la capacidad de seguir desarrollando su trabajo.
A Mónica si. Tratar de acallar las criticas mediante un expediente disciplinario que podría conllevar la inhabilitación profesional es traspasar todas las lineas rojas imaginables.
Yo, sinceramente, no termino de comprender desde qué momento disentir se ha convertido en delito. No termino de entender cómo puede el código deontológico de una organización gremial judicializar, con repercusión profesional, las opiniones personales (obviamente sustentadas desde la experiencia profesional) de una trabajadora inquieta, preocupada y que solo trata de mejorar el sistema y que, además, es una referente reconocida por la propia organización que la ha expedientado.
Espero que la Organización Médica Colegial tome cartas en el asunto y soluciones este sindios.
Mientras tanto, hoy más que nunca, soy una Monica Lalanda más.