jueves, 23 de marzo de 2017

el código postal como factor de riesgo


Los determinantes sociales de la salud son un concepto muy interesante y del que hemos hablado bien poco en este blog.

De acuerdo a la definición de la Organización Mundial de la Salud, los determinantes sociales son:
"las circunstancias en que las personas nacen, crecen, viven, trabajan y envejecen, incluido el sistema de salud. Esas circunstancias son el resultado de la distribución del dinero, el poder y los recursos a nivel mundial, nacional y local, que depende a su vez de las políticas adoptadas"
A priori parecen tener toda la lógica del mundo que la riqueza, el acceso a los recursos o la calidad de vida (o del trabajo) afecten directa o indirectamente a la salud de los individuos.

También a priori, se podría pensar que los recursos sanitarios se deberían entonces  ubicar, aumentar o transformar en función de estas premisas y buscando la universalidad y la equidad de las prestaciones sanitarias. 

Pero la realidad es diferente. Los recursos son finitos (como el dinero público) y se terminan usando otros criterios para la ubicación de las unidades de hemodinámica, las unidades de Ictus o las de radioterapia. La presión social, los intereses políticos o las presiones corporativas son también criterios priman en estas decisiones.

Esta claro que debemos optimizar los recursos y que no se pueden ir estableciendo unidades especializadas en todos los hospitales de España pero lo que no es entendible es que a un paciente de Puerto Real (más o menos 42000 habitantes) se le haga un cateterísmo en 24 horas en el hospital de su ciudad (y que tiene otro hospital de referencia con una unidad de hemodinámica en menos de media hora)  y a uno de la Línea (algo más de 70000 habitantes) se le haga en 5 o más días (con suerte) en alguno de los hospitales de la Bahía de Cádiz.

Esta tremenda inequidad de acceso a algunos recursos para pacientes de un mismo espacio geográfico (incluso de una misma zona básica de salud) debería ser motivo de controversia y de análisis sobre todo porque ya hay algunos estudios están diciendo que el nivel socioeconómico es un factor determinante en el riesgo cardiovascular.

La solución no pasa por engordar aún más al monstruo, aunque haya empresas que aprovechen estas situaciones para ampliar su cartera de servicios como ha hecho recientemente la empresa Quirón montando una unidad de hemodinámica en el Campo de Gibraltar.

Más bien todo lo contrario. Este artículo en la revista digital CTXT en el que se analizan las listas de espera quirúrgica pone de relieve que, en muchos casos, utilizar recursos concertados (o invitar a usar los servicios privados) lo que se está consiguiendo es una especie de sistema sanitario universal pero de dos velocidades. El propio sistema sanitario que debería velar por el acceso igualitario a los servicios de salud está provocando justo lo contrario.

Al final, la accesibilidad a los recursos, el nivel socioeconómico o, directamente el código postal tienen tristemente hoy más efecto sobre la mortalidad que las campañas de prevención, de cribado o de diagnóstico precoz o las de promoción de la vida saludable (de esto hablaremos otro día).

PD: Este post va dedicado a mi hermano, un rojo convencido de que las cosas se pueden y se deben hacer mejor.


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lunes, 20 de marzo de 2017

dios le da pan a quién no tiene dientes


No es la primera vez que en este blog hablamos de liderazgo (o de la falta de él) y posiblemente no sea la última.

Esta vez volvemos a hablar del tema por las conclusiones del informe de Deloitte Tendencias Globales en Capital Humano: reescribiendo las reglas para la era digital para el año 2017 cuyo resumen (el texto original tiene 144 páginas) puedes leer en esta publicación de La Mente es Maravillosa.

El informe vuelve a insistir (como ya lo hizo en 2016) en la necesidad de que los responsables y directivos se adapten a los nuevos cambios sociales y tecnológicos a través del diseño de nuevas organizaciones, del liderazgo o de la cultura organizativa y de como esta adaptación ni está ni se la espera lo que está provocando que tengamos empleados cada vez más sobrecargados (fundamentalmente por tareas menores muchas veces interpretadas como urgentes por sus superiores) con la sensación de estar dirigidos por jefes cada vez más incompetentes.


Y si esto es en general, el problema es mucho más acuciante en las empresas públicas.


Posiblemente el problema sea, como señala el propio informe de Deloitte, la falta de adaptación de los directivos a la irrupción de las nuevas (ya no tan nuevas) tecnologías pero sobre todo, su falta de capacitación en un nuevo entorno más cambiante y exigente.

Aunque es posible que el problema también estribe en la falta de preparación (en términos de nuevas competencias digitales) de muchos de estos directivos al llegar al cargo o en la falta de un proyecto inclusivo y atrayente (basado en nuevos conceptos como el Design Thinking o la Analítica aplicada a la gente) para los miembros de sus equipos.

Obviamente, del liderazgo disruptivo o de la gestión del desempeño ni hablamos.

Aunque no creo que hayamos llegado al penoso escenario de este famoso post "el triunfo de los mediocres", lo que está claro es que ésto no va del todo bien y no es infrecuente encontrarse con responsables y directivos en los que encontrar alguno (si no todos) de los famosos 10 hábitos de los gerentes incompetentes de Margaret Heffenan.

Al final, lo que termina pasando es que, como cuenta tan bien el maestro Manyez en una de sus últimas entradas, la gente se termina desenganchando e incluso termina desconfiando de forma manifiesta por mucha motivación intrínseca que traigan de casa.

Y es que, muchas veces, dios le da pan a quien no tiene dientes.

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jueves, 2 de marzo de 2017

Atravesar el Rubicón


Posiblemente todos conocemos la expresión “alea iacta est”, aunque es probable que no demasiados sepan en qué momento fué dicha por Julio César.

Si le preguntamos a cualquiera, nos podrá decir con más o menos acierto quién fué y qué significó Julio César en el desarrollo de lo que terminó siendo el imperio romano. Pero lo que muchos no sabrán es que Julio César no lo tuvo precisamente fácil.

Era de una familia patricia pero ni adinerada ni influyente, no tenía títulos aunque sí supo rodearse y apoyarse en gente influyente. No rehusó ninguna de las responsabilidades que se le fueron ofreciendo (estuvo a punto de morir por alguna de ellas) y tuvo que pelear mucho (literalmente así lo hizo hasta controlar toda la Galia) hasta convertirse en quién fué.

Volviendo a la frase, fue dicha por Julio César justo antes de atravesar el Rubicón, un pequeño río que separaba a Italia de la Galia Cisalpina y que suponía la verdadera frontera norte de Roma ya que el Senado romano, para impedir el paso de tropas procedentes del Norte, declaró sacrilego y parricida a aquel que con una legión o con sólo una cohorte lo pasara.

Julio César dijo aquella frase cuando decidió vadear el Rubicón siendo consciente de que aquello suponía iniciar una Guerra Civil. Tomó una decisión con duras consecuencias para la que no había marcha atrás.

La historia demostró que la decisión de Julio César fue determinante para el futuro de Roma y de él mismo. Entró en Roma sin luchar y sin derramamiento de sangre, jaleado y vitoreado por un pueblo harto de un indolente senado.

Muchos os preguntareis ¿Por qué hablan estos “chalaos” de Julio César en esta sección del FanZine?

Porque tenemos la sensación de que, de alguna manera, la enfermería española está en un momento parecido al de la tardorepublica romana en la que creció Julio Cesar.

Nos creemos más de lo que realmente somos.

Llevamos años, cientos de publicaciones y entradas de blog analizando cuáles son los problemas de la enfermería española, cuáles son nuestros límites y que deberíamos hacer (o haber hecho) para ser la profesión que creemos que somos, pero llevamos los mismos años sin salir del análisis.

Aunque la mayoría de las enfermeras piensan que nuestros problemas más importantes están en nuestras Galias, Hispanias o Lusitanias particulares (que los hay sin duda), nuestros principales problemas para seguir creciendo están en la capital y en cómo nos organizamos como colectivo.

Como en esa época romana, tenemos un senado que no nos representa pero que sigue ostentando el poder de facto. Una masa profesional acomodada, aborregada y aletargada ávida de reconocimiento público pero poco dispuesta a arriesgarse a asumir las responsabilidades que lo conseguirían de una forma más directa (casi siempre pensando en que sean otros los que lo hagan y asuman el riesgo). Un cuerpo profesional que sabe que hay mundo más allá de nuestras actuales fronteras (muchas autoimpuestas) profesionales pero que no tiene ni el coraje ni la energía suficientes para atravesarlas y para explorar fuera de nuestras propias zonas de confort.

La prueba más palpable ha sido lo vivido estos días con la tramitación de la Proposición No de Ley que pretendía derogar el famoso Real Decreto 954/2015. Lo que empezó siendo un movimiento esperanzador, una propuesta que buscaba hacer un frente común, de consenso y que pretendía acabar con el desastre que empezó con la Ley del Medicamento y que tuvo su punto culminante el diciembre pasado con la publicación en el BOE de este real decreto (ciertamente Juan H. Yañez lo explica mejor en esta entrada), terminó siendo un nuevo enfrentamiento entre las fuerzas políticas, esta vez incluso representadas alguna enfermera, que han terminado tirándose los trastos y echándose mutuamente las culpas más preocupadas por sacar rédito político que por solucionar el problema.

Un puro esperpento que viene a demostrar lo lejos que estamos de ser esa profesión que estamos convencidos que somos o que puede que nunca lleguemos a ser.

Así que quizás lo que le haga falta a la enfermería española es una enfermera loca y descerebrada que sea capaz de sacarnos del letargo y de la apatía generalizada. Una especie de Julio César con capacidad de liderarnos a todos. Alguien capaz de hacernos atravesar nuestros propios rubicones.


Post publicado en el número de marzo de la revista “Nuestra Enfermería FanZine”
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martes, 7 de febrero de 2017

un juguete roto


Estos días leíamos este excelente post del amigo Mañez en el que comentaba cuánto de política y de presión ciudadana tienen las decisiones de inversión sanitaria y que poco de evidencia científica. Casi a la vez que manteniamos una interesante conversación en Twitter con Javier Padilla en torno a este tuit, el gran Sergio Minué publicaba otro post, de lectura obligada, sobre el mismo tema.

Aunque no vamos a llegar al nivel de las entradas de estos dos maestros, nos hemos propuesto contar una historia...

Érase una vez un viejo hospital comarcal que está a solo 25 kilómetros de otro. Que como  tiene más de 45 años, en el año 2004 se prometió la construcción de uno nuevo. En el año 2005 se proyectó el nuevo, se se puso la primera piedra en 2009, se construyó hasta 2015 (con un patrón en la obra de 2 años) y se entregó finalmente en el verano de 2016.

Los 11 años que hay entre el proyecto inicial y la entrega ha hecho que el edificio no sea exactamente lo que esperábamos. Pero el flamante nuevo hospital de La Línea es un edificio muy bien construido, muy bien estructurado y con muchísimas posibilidades.

Pero ahora que estamos yendo a visitarlo para ir preparándonos para el traslado, nos  hemos dado cuenta de que no tiene UCI (siendo honestos nos dimos cuenta cuando vimos los planos).

La cuestión es ¿pero hace falta la UCI?

Cuándo decimos esto nos referimos a si de verdad hace falta un espacio físico independiente, separado del resto, con despachos independientes, almacenes independientes y gran cartel en la puerta que ponga "Unidad de Cuidados Intensivos".

La respuesta de cualquiera sería "Pues claro. Cómo no va a haber UCI?"

El hospital eso no lo tiene, pero tiene una zona llamada "polivalente" muy bien equipada con más de 30 puestos y que podría atender perfectamente a los pacientes que tradicionalmente atiende una UCI (lo que se llama "la cartera de servicios" de la UCI).

Por eso nosotros nos pusimos a indagar, a preguntar a amigos, a expertos, a intensivistas porque nos parecía raro que el proyectista hubiera olvidado construir la UCI.

Nos sorprendimos cuando Miguel Garvi nos contó que en Extremadura solo 4 hospitales (de 11) tiene una UCI como tal y funcionan con Unidades de Cuidados Intermedios y traslados en UCI Móvil aunque esta no sea una muy buena opción.

Nos sorprendimos al saber que algunos de los nuevos hospitales de Cataluña, como el de Trueta, también tienen una Unidad Polivalente como la nuestra a la que llaman Unidad de Alta Intensidad de Cuidados

Nos sorprendimos al saber que el Complejo Universitario de Navarra tiene una zona, que si llaman UCI, que es exactamente igual, por las fotos, que nuestra Unidad Polivalente.

Y, sobre todo, nos sorprendimos al leer que los propios intensivistas, en este documento de consenso del Grupo de Trabajo de Mejora de la Calidad de la Sociedad Europea de Cuidados Intensivos, describen la posibilidad de que exista un espacio mixto y compartido  para pacientes postquirúrgicos y con necesidades de cuidados intensivos al que también llaman de Alta Intensidad de Cuidados.

Y aquí es donde nos preguntamos de nuevo ¿Hay que construir una UCI? ¿Nos tenemos que gastar un pastizal del erario público en hacer una UCI (el hospital ha costado más de 50 M de euros)? ¿Podriamos utilizar el coste de hacerla de cero (o rehacerla demoliendo algún espacio en un hospital sin estrenar) para hacer otras cosas que el nuevo hospital tampoco tiene y que seguro nos harán falta para atender a la población en los próximos años (tendiendo en cuenta la cronicidad y las tendencias sociodemográficas) o incluso para hacer un nuevo centro de atención primaria?

Si la respuesta dependiera de nosotros, lo tendríamos claro. Elegiríamos la segunda opción sabiendo que ello implicaría hacer un gran trabajo de explicación y de trasparencia. De hablar con la población, con los representantes políticos y sindicales. De explicárselo muy bien a los profesionales. Obviamente no existiría una UCI como tal, pero los pacientes serían atendidos de la mejor manera posible.

Pero afortunadamente la respuesta no depende de nosotros... así que no sabemos si los que tienen que decidir utilizarán la evidencia o no.

Ya os contaremos como acaba la historia de este juguete roto.

Mientras podeis decirnos que haríais vosotros si tuvierais la capacidad de decidir.



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